Hace no mucho tiempo alguien me
preguntó quién creía yo que gobernaba México, de manera general y con una gran
cantidad de referencias a los partidos y a la historia electoral – sobre todo
de los últimos años, respondí de una forma que me dejó un poco insatisfecha y
creo que a él, la persona que lo preguntó, también.
Después de esa ocasión la
pregunta ha regresado a mí con distintos interlocutores, de camino al trabajo
escuchando una discusión por la radio, como encabezado de una revista denunciando tendenciosamente a algún personaje destacable de
la vida política nacional o, la más reciente, como parte de la conversación
con un amigo que regresó a México y la nostalgia que queda hacia
el lugar que en algún momento fue tu hogar.
No recuerdo cuándo fue la primera
vez que me detuve a pensar en ello, esa primera ocasión no fue ni por
equivocación la primera vez que intentaba responderlo, ni siquiera a un
extranjero, pero mi poca habilidad para resolver a su curiosidad al mismo
tiempo alimentó la mía principalmente porque no estaba satisfecha del resultado.
Intentar explicar la complejidad
de la vida de una sociedad como la mexicana es un gran reto que muchos se han
lanzado a vencer, no sólo porque en México coexisten una cantidad enorme de
realidades que no pueden reflejarse de manera simple en una respuesta, sino
porque cada uno de los que hemos intentado responderlo tenemos una visión
distinta que evidentemente corresponde a ese pasado histórico. Es como querer
describir los sabores de una cena entera a alguien que no ha probado ni uno de
esos platillos en su vida, la gama de sensaciones y factores que envuelven el
sólo acto de dar una mordida y saborearla tiene en sí misma una cantidad de
referencias personales, físicas e históricas que sólo la persona que lo
describe puede entender, e incluso, si aquél que escucha ya los ha probado, la
experiencia y el entendimiento de cada uno es distinta. Así de complejo es México y así
de complejas son su cocina y su realidad.
Entonces ¿quién gobierna México?
Si consideramos exclusivamente los procesos electorales, no podría asegurarse
ni una posición, la derecha estuvo en el poder durante 70 años, lo sabemos, y
después de ese período hubo un cambio de partido que se consideraba
importantísimo para el país, pero a doce años de esas históricas elecciones,
podemos ver que esa transición fue simplemente un pequeño paso más alejado del
cambio que todos esperaban.
Desde la entrada del régimen
liberal en México durante los 80s, el partido en el poder comenzó con modificaciones internas que derivaron en la institucionalización de lo que hoy conocemos como la
izquierda partidista, la determinación de no dar pie al (neo) liberalismo como
política general dentro del Estado Mexicano permitió que aquellos que aún
creían en la figura del Estado se volvieran parte de la oposición y
conformaran, junto con distintas izquierdas que se habían manifestado en contra
del régimen, la tercera fuerza al mando dentro de los juegos políticos en
México. Y por tu parte, el partido que nunca negó su carácter empresarial y
religioso, el que jamás ha pretendido renunciar a sus principios de derecha y
conservadurismo, se fue abriendo camino lentamente entre los espacios que se
poco a poco se vaciaban y aprovechó todas esas oportunidades para llegar al
poder.
Durante estos 30 años ha existido
en cada uno de esos procesos una débil estabilidad que precisamente ha
permitido que esos cambios se desarrollen, sutil en algunos momentos y evidente
en otros, pero que siempre ha estado ahí, latente, recordando a cada uno de los
actores políticos la frágil firmeza de un sistema político que se fundamentó en
una idea de país y estado que nunca ha pisado el suelo por completo simplemente
porque no consigue reflejar en su totalidad lo que ‘México’ es, o puede llegar
a ser.
Quizás ha sido la existencia de
este fantasma lo que ha llevado a muchos políticos a cambiar de grupo, chaqueta
y discurso dependiendo el momento económico, el clima o los intereses puestos
en la mesa, pero algo que queda claro es que la población mexicana en su
generalidad nunca ha sido completamente considerada como elemento determinante
para las decisiones. Y lo peor de todo es que estos cambios ‘radicales’ de
partido no hacen más que desdibujar la imagen general del político de acuerdo
al perfil que debería de tener y lo convierten en una especie de prototipo
flexible, de muñeco gris que se mueve dependiendo de la fricción conveniente, deslegitimando
o perjudicando a cualquier otro que intente sumergirse en ese cosmos complejo y
tramposo que conocemos como Sistema político.
No sabemos quién gobierna México,
si creamos un mapa por colores dependiendo del partido, el resultado sería
precisamente un país políticamente gris; un gobierno federal azul, cuyas
acciones cubren y afectan cada uno de los rincones del territorio nacional, una
capital amarilla que se encuentra constantemente luchando por extender su
capacidad de incidencia e influencia, pero está paradójicamente limitada por su
mismo poder; y una multiplicidad de gobiernos verdes-rojos en el resto del Estado,
que no se han movido mucho durante los últimos 100 años y que quizás han
matizado en momentos su fuerza, pero que no piensan mover ni un milímetro de su
poderío y en los que cabe aclarar, el blanco nunca ha tenido un espacio.
Ese gris no es de izquierda, ni
de derecha, ni de centro, sus habitantes quizás lo sean, pero en su totalidad
no es sino de un color apócrifo que se determina por demasiados factores, tanto
internos como externos, pero siempre dependiendo de tres cosas igualmente
amorfas que peligrosas; el miedo, la incertidumbre y la violencia.
Hace poco más de un mes se
encontraron 49 cuerpos en Cadereyta, al norte del país, sumados a la escandalosa
y enorme cantidad de muertos que ha tenido México derivados de la ‘guerra
contra el narcotráfico’. La noticia tuvo gran cobertura tanto por el número
como por la dificultad para identificarlos, porque quien llevó a cabo el
trabajo se encargó de borrar cualquier huella que permitiera reconocerlos, esos
49 cuerpos podían ser de cualquier mexicano, no tenían rostro, huellas, marcas,
eran todos y a la vez no eran nadie.
Ellos representan simbólicamente
al gobierno, al poder mexicano descabezado y fragmentado, a la élite sin rostro
que sólo se reproduce, incluye y excluye personas y las hace tan dispensables
como olvidables, pero son a su vez el reflejo de la sociedad mexicana que se
encuentra maniatada a esos tres protagonistas, presentes en la vida de México
desde hace demasiado tiempo; la incertidumbre, esa que recuerda que el poder es
efímero, caprichoso y en cualquier momento puede irse, el miedo a perderlo y la
violencia que nace de éstas dos.
“Sigo sin entender cómo es que
los mexicanos, después de haber sufrido tanta violencia a lo largo de su
historia, son capaces de seguir recibiendo a los demás con cariño y entregar
amistades tan valiosas” me dijeron poco después. Yo tampoco lo entiendo, quizás
eso es lo que ha permitido que a través de nuestra escala política de grises,
emerja una sociedad que en sus muchos colores sigue dispuesta a avanzar. Ahora
estamos a unas cuantas semanas de un proceso electoral que, como todos, promete
ser histórico y que pondrá de nuevo a prueba nuestra capacidad de ser gobernado
por un grupo de enormes intereses económicos que se nunca podrán superar el espíritu
del mexicano.
Pero si algo hay de cierto es que ningún partido nos ha gobernado completamente.