Hay una falta de evaluación crítica del pasado. Pero debemos entender que la actual élite gobernante es en realidad la vieja élite gobernante, por lo tanto, es incapaz de hacer una autocrítica al pasado. Nuestra salvación se encuentra en tratar de alcanzar aquello que sabemos que nunca podremos lograr

-Ryszard Kapuscinski-

lunes, 11 de junio de 2012

El gran espectro de un poder indeterminado


Hace no mucho tiempo alguien me preguntó quién creía yo que gobernaba México, de manera general y con una gran cantidad de referencias a los partidos y a la historia electoral – sobre todo de los últimos años, respondí de una forma que me dejó un poco insatisfecha y creo que a él, la persona que lo preguntó, también.

Después de esa ocasión la pregunta ha regresado a mí con distintos interlocutores, de camino al trabajo escuchando una discusión por la radio, como encabezado de una revista denunciando tendenciosamente a algún personaje destacable de la vida política nacional o, la más reciente, como parte de la conversación con un amigo que regresó a México y la nostalgia que queda hacia el lugar que en algún momento fue tu hogar.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que me detuve a pensar en ello, esa primera ocasión no fue ni por equivocación la primera vez que intentaba responderlo, ni siquiera a un extranjero, pero mi poca habilidad para resolver a su curiosidad al mismo tiempo alimentó la mía principalmente porque no estaba satisfecha del resultado.

Intentar explicar la complejidad de la vida de una sociedad como la mexicana es un gran reto que muchos se han lanzado a vencer, no sólo porque en México coexisten una cantidad enorme de realidades que no pueden reflejarse de manera simple en una respuesta, sino porque cada uno de los que hemos intentado responderlo tenemos una visión distinta que evidentemente corresponde a ese pasado histórico. Es como querer describir los sabores de una cena entera a alguien que no ha probado ni uno de esos platillos en su vida, la gama de sensaciones y factores que envuelven el sólo acto de dar una mordida y saborearla tiene en sí misma una cantidad de referencias personales, físicas e históricas que sólo la persona que lo describe puede entender, e incluso, si aquél que escucha ya los ha probado, la experiencia y el entendimiento de cada uno es distinta. Así de complejo es México y así de complejas son su cocina y su realidad.

Entonces ¿quién gobierna México?

Si consideramos exclusivamente los procesos electorales, no podría asegurarse ni una posición, la derecha estuvo en el poder durante 70 años, lo sabemos, y después de ese período hubo un cambio de partido que se consideraba importantísimo para el país, pero a doce años de esas históricas elecciones, podemos ver que esa transición fue simplemente un pequeño paso más alejado del cambio que todos esperaban. 

Desde la entrada del régimen liberal en México durante los 80s, el partido en el poder comenzó con modificaciones internas que derivaron en la institucionalización de lo que hoy conocemos como la izquierda partidista, la determinación de no dar pie al (neo) liberalismo como política general dentro del Estado Mexicano permitió que aquellos que aún creían en la figura del Estado se volvieran parte de la oposición y conformaran, junto con distintas izquierdas que se habían manifestado en contra del régimen, la tercera fuerza al mando dentro de los juegos políticos en México. Y por tu parte, el partido que nunca negó su carácter empresarial y religioso, el que jamás ha pretendido renunciar a sus principios de derecha y conservadurismo, se fue abriendo camino lentamente entre los espacios que se poco a poco se vaciaban y aprovechó todas esas oportunidades para llegar al poder.

Durante estos 30 años ha existido en cada uno de esos procesos una débil estabilidad que precisamente ha permitido que esos cambios se desarrollen, sutil en algunos momentos y evidente en otros, pero que siempre ha estado ahí, latente, recordando a cada uno de los actores políticos la frágil firmeza de un sistema político que se fundamentó en una idea de país y estado que nunca ha pisado el suelo por completo simplemente porque no consigue reflejar en su totalidad lo que ‘México’ es, o puede llegar a ser.

Quizás ha sido la existencia de este fantasma lo que ha llevado a muchos políticos a cambiar de grupo, chaqueta y discurso dependiendo el momento económico, el clima o los intereses puestos en la mesa, pero algo que queda claro es que la población mexicana en su generalidad nunca ha sido completamente considerada como elemento determinante para las decisiones. Y lo peor de todo es que estos cambios ‘radicales’ de partido no hacen más que desdibujar la imagen general del político de acuerdo al perfil que debería de tener y lo convierten en una especie de prototipo flexible, de muñeco gris que se mueve dependiendo de la fricción conveniente, deslegitimando o perjudicando a cualquier otro que intente sumergirse en ese cosmos complejo y tramposo que conocemos como Sistema político.

No sabemos quién gobierna México, si creamos un mapa por colores dependiendo del partido, el resultado sería precisamente un país políticamente gris; un gobierno federal azul, cuyas acciones cubren y afectan cada uno de los rincones del territorio nacional, una capital amarilla que se encuentra constantemente luchando por extender su capacidad de incidencia e influencia, pero está paradójicamente limitada por su mismo poder; y una multiplicidad de gobiernos verdes-rojos en el resto del Estado, que no se han movido mucho durante los últimos 100 años y que quizás han matizado en momentos su fuerza, pero que no piensan mover ni un milímetro de su poderío y en los que cabe aclarar, el blanco nunca ha tenido un espacio.

Ese gris no es de izquierda, ni de derecha, ni de centro, sus habitantes quizás lo sean, pero en su totalidad no es sino de un color apócrifo que se determina por demasiados factores, tanto internos como externos, pero siempre dependiendo de tres cosas igualmente amorfas que peligrosas; el miedo, la incertidumbre y la violencia.

Hace poco más de un mes se encontraron 49 cuerpos en Cadereyta, al norte del país, sumados a la escandalosa y enorme cantidad de muertos que ha tenido México derivados de la ‘guerra contra el narcotráfico’. La noticia tuvo gran cobertura tanto por el número como por la dificultad para identificarlos, porque quien llevó a cabo el trabajo se encargó de borrar cualquier huella que permitiera reconocerlos, esos 49 cuerpos podían ser de cualquier mexicano, no tenían rostro, huellas, marcas, eran todos y a la vez no eran nadie.

Ellos representan simbólicamente al gobierno, al poder mexicano descabezado y fragmentado, a la élite sin rostro que sólo se reproduce, incluye y excluye personas y las hace tan dispensables como olvidables, pero son a su vez el reflejo de la sociedad mexicana que se encuentra maniatada a esos tres protagonistas, presentes en la vida de México desde hace demasiado tiempo; la incertidumbre, esa que recuerda que el poder es efímero, caprichoso y en cualquier momento puede irse, el miedo a perderlo y la violencia que nace de éstas dos.

“Sigo sin entender cómo es que los mexicanos, después de haber sufrido tanta violencia a lo largo de su historia, son capaces de seguir recibiendo a los demás con cariño y entregar amistades tan valiosas” me dijeron poco después. Yo tampoco lo entiendo, quizás eso es lo que ha permitido que a través de nuestra escala política de grises, emerja una sociedad que en sus muchos colores sigue dispuesta a avanzar. Ahora estamos a unas cuantas semanas de un proceso electoral que, como todos, promete ser histórico y que pondrá de nuevo a prueba nuestra capacidad de ser gobernado por un grupo de enormes intereses económicos que se nunca podrán superar el espíritu del mexicano.

Pero si algo hay de cierto es que ningún partido nos ha gobernado completamente.

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